domingo, 28 de diciembre de 2008

Enfermedad

Hacía ya 10 segundos que mi doctor había nombrado la enfermedad que padecía y todavía no había recuperado el aliento. Me quedé pensando un rato en mi triste situación actual. Me encontraba enfermo en la cama. A mi derecha se encontraba mi médico de cabecera en el cual tenía depositada toda mi confianza desde hacía años. Era joven, aproximadamente de mi edad y sonreía con gesto de tranquilidad como si quisiera dar a entender que ya había visto aquella enfermedad en más de una ocasión. Detrás de él se encontraba una enfermera de más de 50 años que me miraba con cara de preocupación. No había nadie más allí, en mi habitación. Se escuchaba con facilidad el murmullo de la gente que se encontraba en la calle. Era un ruido molesto y uniforme que entraba por la única ventana que había en la habitación, la cual estaba abierta. No sabía con certeza si aquel murmullo siempre había estado allí o si era una situación excepcional en el día de hoy. No podía entender bien que decía la gente de fuera, pero cierto era que hablaban muy animadamente. Pedí a mi médico que cerrara la ventana y accedió. Mientras se acercaba de nuevo a mí decía:

- No te asustes... Tu enfermedad es bastante común. El problema es curarla. Hay gente que cura a las pocas horas, a los meses, a los años... Incluso hay gente que no cura jamás. Te recetaré los medicamentos necesarios para superarla lo antes posible. Estoy dispuesto a ayudarte en todo lo que pueda. Y sé que mi enfermera estará contigo en cada momento.

Sus palabras en vez de tranquilizarme me agobiaban más y más. Miraba a todos los lados nervioso. A mi izquierda había una cama vacía. De repente surgieron ideas en mi mente. Se me vino una imagen a mi cabeza mientras miraba aquella cama. Allí cada noche dormía alguien y casi me sentí en la obligación de preguntar por esa persona. La enfermera se adelantó al doctor en la respuesta:

- Ahí nunca ha dormido nadie. Trata de olvidar eso.
- Así es. Tienes que pensar en ti y sólo en ti, la prioridad es que cures y lo demás no importa o importa poco - concluyó el médico con la mirada fija en la ventana de la calle. Algún curioso se asomaba por la ventana mientras reía y al ver que habían reparado en él se dio la vuelta y se alejó.
- ¡No tratéis de engañarme! Ahí dormía alguién - dije enfadado -. Lo sé perfectamente. Decidme dónde está ahora. ¡Os lo exijo!
El médico hizo un gesto a la enfermera y ella abrió un maletín del que extrajo una jeringuilla.
- Como vemos que no te tranquilizas vamos a ponerte un calmante. Tu enfermedad empeorará con esa actitud -dijo el doctor con semblante serio. La enfermera terminó de preparar la jeringuilla y se acercó hacia mí y me dijo:
- Trata de no moverte.

Analicé si debía comportarme sumisamente ante tal petición. Seguía creyendo que en aquella cama dormía habitualmente alguien y no entendía qué motivos podían tener para asegurarme lo contrario. ¿Estaban locos y no razonaban?... Quizás fuera yo el que no razonara correctamente... Lo que era evidente es que estaba enfermo y este dolor que sentía era síntoma inequívoco de ello. De una manera u otra tenía que sanar y por ello terminé accediendo a que la enfermera me pusiera la inyección en el brazo derecho.

Pocos minutos después mis pensamientos se hacían más pesados y lentos hasta quedarme dormido.


Tiritaba. El frío entraba por aquella ventana. Algo terrible se mascaba. Era de noche, pero la luna llena provocaba que pudiera observarse un poco la habitación. Era mi habitación. A mi izquierda, en la cama, dormía alguien... Por la oscuridad no podía ver quien era. Me llevé bastante tiempo contemplando su perfil tumbado. En un momento dado, la persona se levantó de la cama lentamente y anduvo hacia la puerta. Se paró delante de la puerta, volvió la cara hacia mí y en un suspiro dijo algo parecido a un adiós. Abrió la puerta y salió de allí dejándome solo tiritando aún más que antes. Sentía mucha angustia y comencé a llorar. Mis lágrimas se mezclaban con sangre que no sabía de donde brotaba pero que inundaba la cama hasta sentir como podía ahogarme en ella.


- ¡No! - grité al despertar.

Estaba sudando. Sentía congoja y ansiedad. Observé lo que me rodeaba. Me sorprendí mucho cuando volví a mirar la cama que había a mi izquierda. En ella estaba mi médico muy pálido recibiendo cuidados de una enfermera distinta a la anterior. Al lado de la enfermera estaba otro galeno cuya cara me sonaba. Ni siquiera habían notado que me había despertado. El ruido incesante en la calle continuaba. Dirigí mi mirada a la ventana y vi como una chica me observaba. Era realmente hermosa. Me miraba como si comprendiera todos mis males y supiera o quisiera resolverlos. Fue una mirada cómplice y nos sonreímos. Nos atravesaba a ambos un resplandor que se traducía en un gran deseo por contar todo lo que nos habíamos callado durante tanto tiempo pese a estar separados del vidrio y de unos pocos metros. En un instante mi dolor había sido aliviado en gran medida.